El mirón

Hace un día precioso, estamos ya en primavera y necesito ropa nueva, hoy tengo planes con una amiga, para ir de compritas y luego comer.

Me encanta la idea, mi amiga es muy divertida y conectamos genial. Al final las compras son la disculpa para pasar un buen día juntas, pues no nos vemos mucho por cuestión de trabajo, y es que mi amiga viaja bastante, y nos echamos de menos, la verdad.

No somos mucho de grandes centros comerciales, nos va más el rollo pequeñas tiendas, donde la ropa no parece toda igual, siempre se diferencian para poder vender más, y esto es lo que las hace especiales, además de la atención que te dedican, que no tiene nada que ver, siempre más personal, más amigable. Otro punto interesante, es que al estar normalmente a pie de calle, vamos paseando, de aquí para allá, tomando en el camino algún aperitivo, para compensar.

Todo un disfrute, hasta que, riéndonos, entramos en una que siempre nos ha gustado mucho por el tipo de artículos que tiene. La conocemos desde hace tiempo. Al entrar, comprobamos que la antigua dependienta ya no está, en su lugar, está un señor, que con una amabilidad excesiva y empalagosa, porque claro, los extremos no son nada buenos, no nos deja un segundo, y sin parar de hablar, nos aburre con su historia.

Es tal el mal rollo, que decidimos, para escapar un poco de la situación, irnos al probador, pues hay varios vestidos que nos gustan, y así nos lo quitamos de encima un ratito, a ver si se calma el buen hombre de tanto entusiasmo exacerbado.

Nos metemos en el más grande, dispuestas a entretenernos con lo que hemos elegido. Probarnos todo, y quizás quedarnos con algo, ya veremos…

Y allí estamos, a lo nuestro, cotilleando de nuestras cosas, cuando miro hacia una especie de contraventana cerrada, que había dentro del probador, y veo: ¡Un ojo!, “Dios, que susto”, medio desnudas, y el tío mirando por el agujero preparado para estas ocasiones. Salimos como podemos, a medio vestir y con los bolsos en las manos, llamándole de todo al atrevido dependiente que estaba en un rincón de la tienda, !acoquinado!.

“Vaya pillada”, estamos espantadas, todavía sin creernos bien lo que acabamos de vivir, caminamos sin rumbo, huyendo de ese lugar a marcha forzada, sin otro ánimo que escapar de la vivencia ocurrida e inesperada.

Decidimos pararnos en una terraza, a relajarnos un rato, nos miramos,  y empezamos a reír a carcajadas, sin poder evitarlo, sin saber bien por qué reaccionamos así. Será por los nervios que hemos pasado.

Finiquitamos el tema para no agobiarnos y llegamos a la conclusión de que este hombre está enfermo para llegar a hacer algo así, y que realmente tiene un gran problema. Hemos tenido suerte de ir juntas, aunque no creo que se atreviera a nada más que no fuera mirar, es decir, el típico voyeur. Pero aún así, es una situación muy desagradable.

A veces, nos cuesta aceptar que otros humanos, debido a que no están bien, sean capaces de hacer determinadas cosas, pero si profundizamos un poco, seremos capaces de conectar con la compasión en nuestro corazón, y aunque no justifiquemos el hecho, e incluso nos toque ponerlos en su sitio,  si podremos comprender,  e incluso perdonar.

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