El hombre al que amo

Cuando el llegó a mi vida, yo ya no esperaba nada del amor. Es más, había decidido quedarme sola, sin pareja. ¿Fue una casualidad como nos conocimos?. Puede que si, pero yo sigo creyendo en el destino, que lo cambia todo cuando quiere, y a veces se empeña en llevarnos la contraria.

Las malas experiencias me habían llevado a encerrarme en mi cascarón, donde realmente pensaba que era suficientemente feliz. Había creado una vida fantástica, aparentemente… con gran actividad para estar entretenida.

Muchos viajes, salidas de todo tipo, reuniones exquisitas con amigos. Hacía, en cada momento, lo que me apetecía. Dentro de mis posibilidades, claro, como es lógico. Una vida muy diferente a la de mis amigas. Todas casadas y con niños, como marcan los cánones establecidos a partir de una edad.

Y no digo que fuera mejor o peor, sólo distinta. Pues en ese momento es lo que me tocaba vivir, y eso hacía. De la mejor manera posible. A veces me quedaba sin salir el fin de semana, ya que necesitaba cierto reposo, para estar conmigo, relajada. Durante la semana trabajaba bastante y no estaba prácticamente en casa, así que un merecido descanso de vez en cuando, de esos que te curan y te sanan. De los que te recomponen.

De pronto, un día cualquiera, uno de esos días de verano en los que sales con amigos a cenar, en los que el calor te incita a proseguir la fiesta, de esos días en los que no te apetece para nada irte a casa aunque al día siguiente tengas que madrugar. Me fui con ellos a una nueva terraza, a tomar algo, una de la que me habían hablado muy bien, un sitio tranquilo, con buen ambiente, donde poder reírnos y charlar un ratito más.

Era ya tarde, pero no tenía sueño, me apetecía aprovechar la ocasión. Estaba muy a gusto con la gente que me acompañaba, que no siempre ocurre así. Al llegar, nos sentamos en una esquina, desde donde se veía todo el local, precioso, con muy buena música, de esa que te hace vibrar y que nunca se pasa de moda, pase el tiempo que pase. Verdaderamente, hay canciones eternas.

Al rato, veo a lo lejos a una amiga que está con su pareja en la barra, y al ir a saludarla, recorriendo toda la estancia, entre las demás mesas, me cruzo con un hombre, que yendo él en dirección contraria, casi tropieza conmigo al pegar un resbalón. Me pide disculpas con una gran sonrisa, -no pasa nada- le digo yo. Bastante seca, por cierto. Y sigo mi camino.

Al volver a la terraza, me siento en mi sitio, y justo enfrente, está él, con otros dos, haciendo como que no mira, pero controlando la situación. Esas cosas se notan, y pronto se dio cuenta de que realmente mi grupo era de amigos, no de parejas, así que en un momento dado, se acerca a mi, aprovechando que me fui a la barra, a pedir la cuenta, pues ya nos íbamos, y me tocaba a mi pagar.

Empezamos a charlar, allí parados, de pie. El quería saber cosas sobre mí, y me hacía preguntas, a las que yo contestaba a medias. Pero realmente había captado mi atención, me parecía interesante. Por lo menos de momento…

Al despedirnos, después de solo unos minutos de charlar, insistió en que le diera mi teléfono, y yo un poco borde le dije que no, que me lo diera él, así me daba tiempo de pensar si seguir con aquello o no. Y me lo dio, apuntándolo en una servilleta, junto a un corazón que dibujó.

Todo fue tan rápido, que me iba asombrada. De camino a mi casa, miraba y miraba el teléfono, pues era un poco raro, muchos sietes seguidos, de una forma peculiar. Y me dije a mí misma, sin pensarlo mucho, – este tío o es raro o es muy especial-, no sé, fue lo que me vino en ese momento. Dado que es muy raro que te toque en suerte dicho número de teléfono, salvo que lo pidas tú.

Y al llegar a casa, estando ya en la cama, no conseguía dormirme, y volví a mirar aquellos números escritos una vez más. Y de pronto pensé, – es imposible tanta originalidad, seguro que se lo ha inventado -, me ha mentido, estoy segura.

Así que, ni corta ni perezosa, le envíe un mensaje, para comprobar la cuestión. Pues estaba ya muy intrigada. Y cual no fué mi sorpresa, que pasados dos minutos, va y me contesta, y claro aprovecha a seguir escribiendo, ya que le he facilitado mi codiciado teléfono.

Increíblemente sorprendida, me río yo sola, por las cosas que me pone, parece gracioso y original, pero estoy acostumbrada a que me den una imagen, que luego no se corresponde, así que prefiero no hacerme ilusiones e ir viendo qué pasa. Aunque, claro está, me duermo con una sonrisa picarona, de esas que hace tiempo tenía olvidada.

Los días siguientes, no sé nada de él, desaparece. Y al quinto día, por la noche, desde el mismo sitio donde nos conocimos, me llama por teléfono. Estuve dudando si cogerlo o no, pero al final, me decidí… No recordaba su voz, grave y melosa a la vez, desde luego de las que transmiten mucha confianza. Hablamos de todo un poco, y me invita a cenar al día siguiente, que según él, era su cumpleaños.

Quedamos, por supuesto. La curiosidad me puede. Parece muy lanzado, pero sin ser pesado. Simplemente me propone un plan especial, y tiene recursos de sobra para convencerme. Y eso que yo no soy nada fácil.

Me arregle especialmente, quería impresionarle. Y cuando apareció en su coche, en el lugar donde quedamos, se bajó de inmediato para saludarme. Un par de besos, y un -Hola, ¿qué tal estás?. – Pero se percibía cierta tensión, por parte de los dos. Estábamos nerviosos, sin reconocerlo.

Me llevó a un sitio precioso, mágico, donde la comida era exquisita. Pero yo no tenía ni hambre, estaba ya muy entretenida mirándole y escuchándole. Me estaba gustando, y mucho. Pero al día siguiente yo me iba de vacaciones, que ya tenía programadas con anterioridad con unas amigas. ¡Quince días!. Ahora ya no me apetecía, pero no quería cometer viejos errores y dejarlo todo corriendo por el recién llegado a mi vida.

Pasamos una velada preciosa, de esas para recordar siempre. Inolvidable y perfecta. Y llegó el momento de la despedida. Sin grandes pretensiones, pues era nuestra primera salida. Así que nos despedimos formalmente y me dio mucha pena verle marcharse. Me había sentido muy a gusto con él, realmente pude constatar que era alguien especial.

Durante todas mis vacaciones, yo viajando, y él continuamente escribiéndome, cuando no llamándome. Estaba impresionada por tantas atenciones, hasta tal punto, que pensé si todo esto era un paripé, para conseguirme y nada más. Pero las vacaciones terminaron y volví, y el mismo día apareció en la puerta de mi casa con un enorme ramo de rosas rojas para recibirme. De esos que te quitan el hipo, precioso. Y yo cada vez más emocionada con sus detalles y atenciones.

Al cabo de un mes ya estábamos viviendo juntos, ¡increíble para mí!, y ya han pasado unos años, y ahí seguimos, construyendo día a día nuestra historia. Aprendiendo mucho el uno del otro, madurando personalmente y creciendo también como pareja. Siempre unidos, en lo malo y en lo bueno. Y él, tan romántico como siempre, llenando mi existencia de mimos y cuidados. De sorpresas y de flores, que nunca faltan.

Este es el hombre al que amo, del que me siento muy orgullosa, al que admiro, simplemente por el ser humano que es. Con el que puedo contar siempre, para todo, con su apoyo incondicional. Y no solo conmigo es así. Es muy divertido y generoso, llevando alegría y aventura vaya a donde vaya, alegrándonos la vida a todos los que tenemos la suerte de tenerle cerca.

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