La fuerza de una madre

Normalmente estamos en la creencia de que todas las madres son iguales pero, bajo mi criterio, esto no es así. Puede ser que haya alguna característica en común, pero en lo esencial, cada una es única y diferente.

Cada madre tiene su personalidad, su experiencia en la vida, distinta a las demás. Con la consabida forma de sentir y de pensar.

Es muy importante el tipo de educación que ella haya recibido, pues lo normal es ir repitiendo patrones de generación en generación marcándonos siempre su carácter más o menos equilibrado que nos puede facilitar bastante las cosas o complicarnos la vida de forma espectacular. Aunque lo más importante, desde mi punto de vista, es que tenga el corazón abierto para poder amar de forma incondicional a sus hijos. Porque el amor, sobretodo hasta cierta edad, es lo que forma y nutre a los niños. Si esto se produce, todo lo demás fluye.

Damos por hecho que una madre tiene que tener un comportamiento determinado, pero algunas, les resulta muy complicado llevar a cabo este gran reto. De hecho, no pueden asumir esa responsabilidad aunque quieran, no se sienten preparadas. Ni siquiera pueden darse cuenta de que, en cierto sentido, es una inmadurez profunda, indistintamente de la edad. Se puede ser una buena madre muy joven, y también a otras edades. Depende de como sea y esté esa mujer.

Lo que está claro, es que cada una de ellas aporta lo mejor de sí misma, entregando lo que puede dar, generosamente. ¿Cómo juzgar a una madre si realmente lo hace lo mejor que puede?. Todas se ven perfectas en su papel, sin darse cuenta de qué adolecen. Simplemente lo intentan con todas sus fuerzas, y normalmente se esfuerzan al máximo. No es nada fácil el rol elegido ya que para llevarlo a cabo hay que ser muy valiente.

Puede tratarse de una persona muy fuerte, de esas que por su forma de tirar para adelante impide que sus hijos asuman sus responsabilidades, arrastrándote como si fueras una cometa. Luego, cuando creces, te das cuenta de que tú no eres tu madre, sino un ser independiente. Asumiendo que tienes que hacer algo por ti mismo si quieres seguir creciendo y madurando.

También puede ser ella una persona débil, de esas que te llenan de miedos desde muy pequeño, que luego, ya de mayores, tendremos que superar con mucho esfuerzo. Además está la mamá posesiva, la manipuladora, la incontrolada, la depresiva, la puritana y la rígida. Y un montón más de prototipos diferentes. Incluso algunas son varios a la vez. ¡Y aquí es donde se complica la cuestión!

Toda una variedad de madres que nos hacen reír y llorar. Nos quieren, aunque a ratos parezca que nos odien también. Pero es bastante normal, porque ellas también tienen sus días, y son humanas, igual que los demás. Aunque a veces nos confundan y nos hagan creer lo contrario, que son super-women.

El caso es que al final, tenemos que aceptar a la que nos ha tocado en suerte, pues de poco sirven las quejas, si es que las hay. Yo a veces me planteo esta cuestión: ¿Está todo preparado para que nazcamos en ese hogar determinado?, quién sabe, puede que no exista la casualidad. Por supuesto, hay todo tipo de creencias, y allá cada cual en la que elija creer.

Con el tiempo y lo aprendido, yo si he cambiado mi forma de ver las cosas, no por imitar a nadie en particular sino por experiencia propia, por llegar a conclusiones válidas para mí.

De repente llegó un día, en el que sentí desde dentro que había nuevas ideas con las que me identificaba y otras que se habían quedado obsoletas sin darme cuenta. Ya no me servían para nada. Imagino que es normal dentro de un proceso personal de evolución. No hay porqué pensar siempre igual, simplemente te llegan respuestas que te ayudan a esclarecer dudas profundas e insospechadas.

El caso es que, sea como sea, es nuestra madre y ya está. Parece que la tenemos que perdonar todo, por el simple hecho de darnos la vida. Pero no todo el mundo tiene la misma suerte en este tema. Porque la realidad nos cuenta que hay algún caso donde los errores con los hijos son imperdonables. Y también hay que permitirse en estos casos hacer lo que sea necesario para sentirnos mejor. Incluso tomar cierta distancia, aunque sea difícil de superar para un hijo.

Particularmente pienso, que una madre siempre marca de alguna manera, para bien o para mal. Y no es que haya buena o mala intención, es que nadie se prepara para tener hijos, incluso en muchos casos, ni siquiera se plantean si los quieren o no. Simplemente por inercia, llega una cosa y luego la otra, sin más. A veces incluso se tienen para no ser menos que los demás del entorno, o simplemente por el propio aburrimiento de la pareja, que necesita hijos para mantenerse ocupada y no resolver así los temas pendientes. O por cualquier otro tipo de razón que en ese momento nos convence.

Todo esto ocurre, por supuesto, a un nivel inconsciente. Pues cuando pasan los años, y preguntas a madres, una gran mayoría te dicen que si volvieran atrás sí se lo pensarían. Porque realmente es una elección, y no una obligación. Por cierto, para mí, muy difícil de tomar, y muy importante.

Hay algo que la mayoría hacemos, sobretodo cuando ya no vivimos con ella. Llamar a la madre para preguntarle cualquier cosa, o simplemente para charlar un poco de todo, nada importante. Pero esta banal conversación te traslada a otro lugar, con otra edad llena de recuerdos. Te hace sentir de una manera particular y surge un tobogán de emociones con el simple hecho de hablar con ella. A veces te hace sentir protegido, otras dominado. Tal vez te sientas ya aceptado, aunque te recuerde que fuiste siempre muy rebelde porque no seguiste el camino indicado.

Normalmente nuestra madre es quien nos hace sentir más vulnerables. Nos conoce mejor que nadie, o por lo menos en ciertos aspectos. Lo que sí ocurre, es que cualquier comentario de su parte, cualquier opinión, nos llega al alma, queramos o no queramos.

Un olor, una caricia, un nombre, un abrazo o una costumbre que aprendiste a su lado. Son tantas las cosas que te hacen recordar y te conectan a ella, que es algo muy difícil de olvidar. Porque independientemente de la relación, buena o mala que se tenga, siempre será tu madre. Y cualquier problema con ella te dolerá.

Queramos o no, una madre deja huella. Tan profunda es, que aún de adultos cuesta ver que partes de la personalidad son nuestras y cuales no, pues las hemos tomado prestadas sin darnos cuenta, durante mucho tiempo, tanto, que lo hemos olvidado. Y quizás, todo aquello que nunca nos ha gustado de ella, lo estamos repitiendo en nuestra vida. Cometiendo los mismos errores heredados.

La vida es así, los sucesos se repiten. Aunque estén pintados de colores distintos, al final, en lo importante, es lo mismo, es igual. Hasta que hacemos algo al respecto y decidimos cambiar las cosas, y entonces las cambiamos de verdad.

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