La posesión no es amor

Todos tenemos etapas complicadas, en las cuales la vida nos resulta especialmente dura. No es que hagamos las cosas mal, sino que se van dando las circunstancias adecuadas para vivir determinadas experiencias, que necesitamos vivir para aprender lo que sea.

Una tarde sin más, paseando con una amiga, decidimos parar a tomar un café en una terraza. Estamos charlando de nuestras cosas, y no nos damos cuenta de que dos mesas más allá, están dos chicos haciendo lo mismo que nosotras.

Hasta que uno de ellos, decide acercarse a saludar a mi amiga, pues parece ser que se conocen desde hace tiempo, aunque no se deben ver muy a menudo. Le da un par de besos y le cuenta algo al oído, imagino que no quieren hacerme partícipe de sus secretos.

Sin más se vuelve a su mesa, donde le espera el otro. Mi amiga se ríe, y con cara de picarona, me dice: -Mira hacia allí con discreción, ¿qué te parece el chico que acompaña a mi amigo?.- Me giro y le veo, y creo que es mi instinto el que dice: -¡No estoy para líos!.- Aunque la verdad es que de lejos me ha fascinado.

Simplemente quiere conocerme, por lo que sea, algo de mí le ha llamdo la atención. Así que mis palabras caen en vacío, pues mi amiga no me hace caso alguno, y al rato ya estamos los cuatro tomando algo juntos en otro lugar.

Un poco cortado, pero dispuesto a saber de mí, intenta a su manera mostrar su mejor parte en este primer encuentro. Se siente raro, comenta que algo así no le ha ocurrido nunca. Como si se tratara del flechazo de su vida. Yo me río y me lo tomo a broma, con una enorme carcajada, para más que nada, quitarle hierro al asunto, y además, tengo la costumbre de no creerme todo lo que me cuentan…

Pero he ahí mi gran sorpresa cuando, de pronto, se enfada. Parece ser que para él todo esto va en serio, y no se toma demasiado bien que yo me ría de la situación. Así que, se despide y, sin más, se va dejándonos al resto bastante descolocados, incluido su amigo, que no sabe ni qué decir, más que disculparse por lo sucedido.

-Esto ha sido un gran aviso-, le digo a mi amiga, -una señal para mí, ¡vaya carácter que tiene!-, y ahí se queda la cosa de momento. Eso sí, me voy segura de no querer volver a verlo ni en pintura.

Se da la coincidencia de que tengo previstas con anterioridad vacaciones, así que me voy una semana entera a la playa.  Necesito salir de la rutina, divertirme y descansar.

A mi regreso, hablo con mi amiga, y me cuenta que el susodicho, arrepentido de su comportamiento, la persigue todo el tiempo para sacarle información sobre mí, ya que ni siquiera tuvo el tiempo suficiente para conseguir mi teléfono, debido a la precipitación de su decisión de largarse cabreado y, aparentemente, sin motivo real.

El caso es que, pese a las señales reconocidas, le doy otra oportunidad, y luego otra, y otras tantas. Un gran bucle, en el que me meto, y aunque consciente de lo que hago, no me puedo engañar, desde luego. Pero aún así, no soy capaz de irme de su lado, me siento atrapada, y acaba convenciéndome una y otra vez con sus teatros.

Es capaz de crear e imaginar la más alucinante historia para meterme otra vez en su vida. Y yo, no solamente caigo en el anzuelo, sino que además me hace gracia su astucia, cuando descubro que todo es mentira. Una enorme trampa diseñada para mí. Me conoce muy bien, y abusa de mi bondad.

Me hace ver que yo soy suya, y de nadie más. Que puede hacer conmigo lo que quiera, ahora te cojo, ahora te dejo, y ni se te ocurra quejarte de nada. Una especie de posesión enfermiza que cada vez va a peor.

Dejamos la relación un año, y su familia me cuenta que ni siquiera sale de casa, más que para trabajar. Se pasa los fines de semana encerrado. ¿Soy yo su obsesión?, y sin embargo no es capaz de de hacer el mínimo cambio en su comportamiento, aunque sólo sea para poder estar conmigo.

Mi autoestima ya no soporta más sus desaires. Cada vez que consigue volver conmigo y ya me tiene otra vez, vuelve a las andadas. No es que haga nada especial, es su forma de ser, disfruta haciéndome sentir mal.

Su posesión me ahoga hasta límites insospechados. Ya no soy dueña ni de mis actos, siempre controlados al máximo por él, y que por supuesto critica constantemente.

Pero como siempre, todo tiene un comienzo y un posible final. Llegó el momento, ¡mi momento!, en el que ya no puedo soportar más esta situación. Mi rebeldía se impone, y se acaba el tormento al que yo misma me tenía sometida.

Tengo claro que ha llegado la hora de poner las cosas en su lugar. Me merezco algo mejor, y debo actuar en consecuencia. No es fácil, desde luego, pero ya no caigo en sus trampas, en sus mentiras.

Todo lo vivido en esta relación, para mí ha sido un gran aprendizaje. Me ha ayudado a ver cosas de mí, a conocerme mejor. Sobretodo a saber lo que quiero o no quiero en una relación. Me pertenezco a mi misma, y no soy propiedad de nadie.

Dentro de una relación, lo sano es respetarse. Permitir al otro que sea como es, generando riqueza a la pareja, porque cada uno puede aportar algo nuevo y diferente, su parte. Quizás sea el miedo a perder a la persona amada lo que genera esta necesidad de posesión, pero yo no creo que de esta manera se pueda llegar nunca a ser feliz.

Cada uno es libre de crecer y evolucionar como sienta. Nadie tiene derecho a imponernos su voluntad en nada. Pero si dejamos que lo haga alguien, somos cómplices reales de lo que ocurre en nuestra vida.

El amor sincero no tiene ataduras, deja espacio al otro para que sea feliz.

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4 thoughts on “La posesión no es amor

  1. El amor es dar sin esperar nada a cambio. Pero cuando das y a cambio recibes algo que es justo lo contrario a lo que das, aléjate, te están absorbiendo la energía y si permaneces ahí mucho tiempo acabarán haciéndote sentir que mereces ese maltrato porque no vales nada, y entonces estás perdida (o muy cerca de estarlo)

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      1. Eso es muy cierto, sobre todo lo que hace esa necesidad es cegarte ante quien parece que la cubre. Que a veces la cubre y otras solo lo finge para obtener otra cosa. Que son las malas pasadas a que te refieres, me temo.

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